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    La máxima representación de la belleza: ¡Ser uno mismo!

    Ser tú mismo(a) es un hecho que forma parte importante de ese amor propio que yo tanto pregono.

    Y no podía ser de otra forma, pues cuando eres tú mismo(a), estás dando a demostrar ante el mundo que te amas y que te valoras en todas las facetas de tu vida.

    Estás dando a demostrar que la belleza no es sinónimo de máscaras ni de disfraces. Tampoco de personalidades construidas para agradar, ni patrones impuestos por la sociedad. ¡Nada de eso!

    Y es que, ¿saben lo sabroso que es llegar a un lugar, que las personas te conozcan tal cual eres y que, por esa misma razón, te aprecien y sientan cosas agradables por ti como: Amor, cariño, afecto, simpatía hacia tu persona, y hasta admiración? ¡Sí! La verdad es que es una gran sensación. 

    Por eso reitero (y lo seguiré haciendo mientras la vida me lo permita) que no puedo imaginarme otra representación de la belleza mejor que el hecho de no tener miedo a ser uno mismo. Ser una sola pieza. Una sola cara. 

    ¿Para qué fingir? ¿Qué ganamos dando a demostrar aquello que no somos? ¡Nada!

    O mejor dicho, ¡sí ganamos algo!

    1- Cansancio físico y mental: Porque antes de presentarnos ante el mundo, debemos armar una caratula y una personalidad que no corresponde con nosotros. Y vaya que eso sí conlleva a un agotamiento absoluto de nuestra persona.

    2- Una idea errada de los demás hacia nosotros: Porque la persona que ellos creen conocer, sencillamente es otra; tiene otros intereses, otras costumbres, otros modos, los cuales no concuerdan con los verdaderamente nuestros.

    Entonces, ¿qué prefieres? ¿Ser tú o jugar a ser otra persona?